25 de mayo: miremos los signos de los tiempos

“El tiempo se ha cumplido; y el Reino de Dios está cerca” Mc 1,15 

En el contexto bíblico, el Kairos es el tiempo propicio de Dios. Cuando Jesús anuncia que el Reinado de Dios está cerca, nos quiere decir que si vemos con atención los signos de estos tiempos, notaremos el advenimiento de algo más importante. Ver los signos, darnos cuenta de lo que está pasando, es la mirada profética que todo cristiano está llamado a hacer desde el bautismo. Descubrir el tiempo de Dios cuando las cosas están listas para que sucedan.

El 25 de mayo de 1810 fue un tiempo propicio para nuestra patria y algunos de aquel entonces supieron ver los signos que ponían de manifiesto la posibilidad de algo distinto. En palabras de Saavedra: “No queremos seguir la suerte de España, ni ser dominados por los franceses. Hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos”.

Por eso llamamos Revolución de Mayo a ese acontecimiento. Porque ese cambio pensado y organizado de la transformación del sistema político, social y económico imperante, requería una aguda mirada de la realidad y de los acontecimientos que sucedían (aquí y en Europa), un fuerte compromiso social y participativo y el germen de un proyecto distinto al imperante.

No es un acontecimiento más. Y a pesar de que este hecho histórico se transformó por fuerza de la costumbre en algo mítico y “cuasi-familiar”, desprovisto de interrogantes y contradicciones, requiere que reavivemos hoy los mismos interrogantes, el mismo análisis y el mismo compromiso de aquella época.

Mayo fue el inicio de un proceso independentista en todo el continente que tenía como precedente la revolución de Haití, Estados Unidos y la rebelión de Tupac Amaru.

El 25 de mayo es un llamado a visualizar los signos de los tiempos, analizar la realidad y reasumir las actuales luchas y causas emancipatorias. Porque ser colonia o depender de otro es ser cómplice de sus vejámenes y delitos, salvo que se los denuncie o se proclame otro modo de vivir.

Aquel 25 de mayo, visto como hecho aislado, parece insignificante y carente de una verdadera emancipación social. Pero, a la distancia, los hechos aislados se transforman en procesos y adquieren sentido y significado.

Por ello la Asamblea del año XIII propuso la liberación de los esclavos y el fin de los títulos nobiliarios. Banderas que probablemente no levantaban todos los revolucionarios mayo pero que permitieron pensar un proyecto de país, una patria más inclusiva y más justa.

Como en nuestra vida personal, que también es un llamado de nuestra fe de anuncio y denuncia,  estos hechos son circunstancias que nos obligan a decidir si seguimos pensando en dependencias o, parafraseando a Saavedra, reasumimos nuestros derechos y nos conservamos por nosotros mismos.

Son desafíos que nos interpelan pues implican consecuencias. Como las que vivieron algunos próceres de mayo, con persecución, cárcel y ninguneo histórico. Sin embargo, nos sabemos parte, también, de un proyecto más grande aún de Justicia y Fraternidad, en palabras de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” Jn 10,10b

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