«Angelelli no es un santo de estampita»

El obispo de La Rioja, Marcelo Colombo, trazó en Bahía Blanca un perfil espiritual y pastoral de su antecesor Enrique Angelelli. «Es una figura para nuestro tiempo. No estamos hablando de un santo de estampita cuya vida no es imitable o valorable como posibilidad de seguimiento, es una figura que despierta no solo admiración sino compromiso».

Invitado por el Arzobispado bahiense, se refirió a la causa de beatificación y martirio de Angelelli, de los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville y del laico Wenceslao Pedernera, quienes fueron asesinados por el terrorismo de Estado entre el 18 de julio y el 4 de agosto de 1976.

De la mano de una nueva generación de obispos y «una mayor sensibilidad laical» se están tomando elementos del legado de Angelelli «para la lectura de la realidad» y «la transformación de la sociedad», aseguró.

La máxima autoridad católica riojana afirmó que la figura pastoral de Angelelli «es expresión de una rica iglesia como la cordobesa, él formaba parte de un grupo de sacerdotes que encontraron no solo en la formación en el seminario sino en la prolongación de los estudios en Roma, una consolidación muy grande».

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A sus estudios, el obispo asesinado sumó su apostolado en el mundo obrero -junto a la Juventud Obrera Católica- y el mundo estudiantil. «Era muy compañero de sus hermanos sacerdotes y un líder con gran carisma».

Su primera tarea en La Rioja fue la transformación eclesial a la luz del Concilio Vaticano II relacionándose «con el clero y la vida consagrada» y promoviendo «lo que después le va a significar un pequeño dolor de cabeza inicial: un estado de asamblea de movimientos e instituciones».

«La Rioja en aquel momento era una provincia alejada, muy condenada a la marginación, cuya población venía a Buenos Aires sobre todo a trabajar en el servicio doméstico y en tareas de muy poca paga económica. Esto aparece en los poemas de Angelelli», comentó Colombo.

El problema del acceso a la tierra fue otra de las prioridades del obispo. El «escándalo» de los grandes latifundios se mantenía desde la época colonial. «El régimen hereditario español había quedado casi intacto con aquella institución del mayorazgo. El hijo mayor se queda con todo y el resto a pelearla, por eso algunos se hacían militares y otros curas. Algunos latifundistas se enorgullecían de haber dicho que sobrevivieron a la Asamblea del año XIII».

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«Son los años de la Popularum Progressio, es decir que no solo el Concilio sino también el magisterio social de la iglesia estaba movilizando las inteligencias y los corazones para decir en qué consiste el verdadero crecimiento, no en un progreso económico sino en una realización integral de todos los hombres. Esa la tenía clara Angelelli».

El mártir y los grupos que conformó y animó a partir de los postulados de la JOC y la Juventud Rural Católica diagramaron un esquema de cooperativas «que permitía un mayor rinde de las tierras, articulando los recursos humanos y materiales».

«Este es el segundo porrazo que se pega monseñor Angelelli. No porque claudicara de su idea sino porque va a trabajar fuertemente en la gestación de COODETRAL, una cooperativa de trabajo agrario, de transformación agrícola, y tuvo tan buena repercusión en la comunidad riojana que el entonces candidato (Carlos) Menem lo toma como bandera de campaña, bandera que va a abandonar un par de meses después del 73, cuando ya era gobernador».

La posibilidad de que el cooperativismo rural se expandiera a la provincia «desató muchos demonios» en ciertos sectores. «El papá de un cura muy colaborador de Angelelli le dijo: ‘Hijo, si el obispo junta a los pobres que trabajan, a los peones, para que sean dueños, ¿con quiénes vamos a trabajar nosotros?».

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Se trataba del poder económico de la zona de la costa riojana: «Es el borde de la montaña, un paisaje extraordinario, una parroquia cuya sede está en una pequeña ciudad que les va a resultar fácil recordar, Anillaco. Allí había algunas familias con mucho poder -una sobre todo- y son los que provocan una situación de mucha tensión eclesial el 13 de junio de 1973, casi veinte días después de la asunción del nuevo gobierno constitucional».

Durante la fiesta patronal, un grupo autodenominado «Cruzados de la fe» atacó a piedrazos al obispo. Angelelli se retiró para «evitar un conflicto tan dramático» y así «comienza un calvario eclesial y político y empieza a gestarse lo que será su muerte tres años después».

Colombo reconoció la religiosidad popular del pastor en la profundización de la Fiesta del Tinkunaku y el acercamiento de la figura del santo moreno Nicolás de Bari al pueblo riojano y subrayó su impulso a organizaciones gremiales como el primer sindicato de empleadas domésticas de la provincia y el acompañamiento a los mineros de Famatina.

La trata de personas, la corrupción política y económica y el juego fueron objeto de sus permanentes denuncias. De hecho, «el dueño del casino generó un diario que fue el órgano de ataque más fuerte, una gran maquinaria para destrozar a Angelelli, no solo en La Rioja sino ante el país». El Diario El Sol fue «demoledor», lo difamaba «llamándolo Satanelli o haciendo caricaturas terribles, aún el día de su muerte».

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Como contrapartida, el obispo contaba con un aliado en el dueño de un diario cooperativo «que nació como una forma muy hermosa de gestión compartida de periodistas y obreros gráficos». Era Alipio Paoletti, «un israelita sin doblez, un hombre justo y muy apasionado por el tema social» que publicaba cada lunes las homilías del obispo en las páginas de El Independiente.

Colombo repasó la historia de los padres Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville, «quienes estaban formando una comunidad de prueba integrada por un párroco diocesano y un vicario religioso, muy interesante como propuesta, y que van a ser secuestrados y asesinados el día siguiente del cumpleaños de monseñor Angelelli».

Una semana después, en Sañogasta, los genocidas acribillarían al laico Wenceslao Pedernera frente a su esposa e hijas. «Había sido un cooperativista, uno de los responsables de una pequeña finca que la diócesis intentó levantar. Un hombre muy solidario (…) es una figura martirial muy conmovedora porque él logra perdonar a los que lo matan y les pide a las hijas y a la esposa que no odien».

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“La justicia estableció que la muerte de Angelelli fue un accidente provocado para matarlo. Se probó que hubo zona liberada, que fue sacado vivo del coche, golpeado y puesto en la ruta en cruz con los zapatos acomodados adelante, una cosa de gran ironía. Y, curiosamente, en simultáneo con la muerte, un grupo de militares quería entrar en el Obispado para hacer una requisa. A nadie que se accidenta le van a requisar la casa”, dijo.

En 1983, los obispos Jaime de Nevares, Jorge Novak, Miguel Hesayne y Marcelo Mendiharat, quienes vivían la muerte del riojano como «un verdadero asesinato», pidieron en la Catedral de Neuquén el esclarecimiento del caso.

Tras casi cuatro décadas de impunidad, en 2012 y 2014, la justicia federal condenó a algunos de los militares que planificaron y ejecutaron los crímenes de lesa humanidad de Murias, Longueville y Angelelli. La causa por el homicidio de Pedernera tiene un imputado y su juicio está demorado por un engorroso trámite de extradición desde Paraguay.

«Como Iglesia, a través de sucesivos momentos, iniciamos la causa de beatificación de los curas y el laico. Cuando terminó la causa estatal de Angelelli se unificaron en una declaración de martirio esperando que puedan ser beatos en los próximos años», concluyó Colombo.

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