Angelelli: “Vean por qué ríen y por qué lloran”

Se cumplieron 42 años desde que el terrorismo de Estado asesinó a monseñor Enrique Angelelli y en Cáritas Arquidiócesis Bahía Blanca lo conmemoramos con una jornada de memoria agradecida de su siembra y la de los sacerdotes Carlos de Dios Murías y Gabriel Longeville y el laico Wenceslao Pedernera.

La actividad fue organizada junto a Comunidades Eclesiales de Base, Pastoral Migratoria y la Iglesia Metodista. Durante el encuentro  se colocó una placa denominando a uno de los salones de la sede institucional “Mártires riojanos” y se compartieron testimonios, entre ellos, fragmentos de la entrevista a Rafael Sifré que aquí publicamos completa.

El ex integrante del Movimiento Rural Campesino recordó los consejos de Angelelli para encarar la tarea: «Visiten cada casa y vean por qué ríen, por qué lloran, por qué trabajan, por qué no trabajan, por qué comen, por qué no comen, sáquenle el alma al palo. Y una vez que se la hayan sacado, ni adelante ni atrás, junto a ellos, comiencen a caminar y a planificar y ver qué quieren hacer».

“Hay cantidad de cosas que claman al cielo todavía y que habrá que seguirlas desde el evangelio y desde la fe, luchando para que el hombre viva a imagen y semejanza de Jesucristo que es lo que predicamos”, agregó.

Yo trabajaba en el Movimiento Rural Campesino en Mendoza y fui designado para la región de Cuyo. Allí visitábamos a los grupos, primero en la provincia de Mendoza y después empezamos ya en San Luis y en La Rioja, en el año 68 más o menos.

Trabajábamos mucho la revista «En familia», que se mandaba a todo el país y se leía el tema de la familia, los documentos de Medellín y Vaticano II que en esa época habían sido una conmoción grande. En la Iglesia había lugares donde eran muy promovidos y aceptados, Mendoza no era así. Era muy difícil comunicarse con el obispo, había que ir cada quince días, pedir una entrevista que te daban a los quince días siguientes y te recibía para que le besaras el anillo y te daba un puñado de medallitas para dárselos a los campesinos para que tuvieran buena cosecha, cosas así.

Me mandaron del Movimiento Campesino a Uruguay, donde hice el primer curso con Pablo Freire y Fiori. Me cambió un poco mucho toda la vida, fue entender los documentos de Medellín, Vaticano II, entenderlos en serio. Y fue tener que buscar una diócesis donde pudiéramos realmente poner en práctica esos documentos y la fe que nos movía.

En la región teníamos la suerte de tener tres grandes obispos, monseñor (Carlos) Cafferatta en San Luis, monseñor (Jaime) De Nevares en Neuquén y monseñor (Enrique) Angelelli acá en La Rioja. En el Movimiento Rural la región abarcaba inclusive Neuquén.

Yo me fui a Neuquén y un compañero a La Rioja. A mí me esperaba monseñor De Nevares en la estación de micro. Me sorprendió que un obispo me fuera a esperar a mí. Cuando subí a una estanciera vieja me impresionó verlo vestido, con la alegría que me recibía. Me llevó a su casa, era una casa muy pobre, cuando llovía le corría el agua, yo le decía: «Monseñor, ¿no tiene unos pesitos para arreglar la casa?». Me miró sonriendo y me dijo: «Mientras yo tenga pobres y aborígenes como los tengo en mi diócesis, yo no tengo derecho a vivir mejor».

Me llevó por toda la diócesis con la estanciera, fue un encuentro impresionante, era distinto a la imagen que yo tenía de obispo y de Iglesia. Nos habíamos entusiasmado creyendo que íbamos a hacer la sede allá y me encuentro con el otro compañero que venía enloquecido con Angelelli.

Yo le digo: «Vamos a Neuquén porque…». «No, vos no conocés al de La Rioja, allá me estaba esperando un cura con sotana, toqué el timbre a las cinco de la mañana, me empezó a cebar mate y me hablaba y me preguntaba, que qué hacíamos, cómo lo hacíamos, por qué lo hacíamos y cuando eran las diez de la mañana, le digo ¿cuándo me va a atender el obispo? Se empezó a reír y me dice: “Estás hablando con el obispo». Carlos estaba en otro mundo también.

Fue así como dijimos: vamos los dos a la una y a la otra y después decidimos. Perdí yo porque nos vinimos primero a La Rioja y fue encontrar al pastor, al padre, al amigo, al hermano, al compañero de ruta que tenía las mismas utopías que podíamos tener nosotros y las misas búsquedas desde la fe, cómo podíamos organizarnos… Y terminamos diciendo que nos veníamos acá.

No era un obispo que solamente ponía en teoría lo que decían los documentos sino que los llevaba a la práctica.

-Por ejemplo, ¿con qué propuestas?

Nosotros le contamos más o menos lo que era el Movimiento Rural a nivel nacional, lo que se hacía, queríamos trabajar con campesinos, organizarlos para que tuvieran mejor precio en su comercialización y los obreros tener un salario digno, que pudieran vivir, estábamos a nivel nacional, después de este curso con Paulo Freire y Fiori fue como tener otra visión del trabajo asistencial que hacía antes el Movimiento Rural que era rezar el Rosario, hacer letrinas, darles ropa usada, en fin, lo que se hacía normalmente en Cáritas Diocesana en aquella época. Entonces, fue como transformar y cambiar esa visión y comenzar a ver desde otro ángulo la vida.

Pedimos la sede en zonas rurales porque dijimos: «Somos campesinos y queremos estar allá junto a ellos». Nos dijo: «Vallan, traigan la valija y acá los espero». Cuando llegamos no teníamos nada todavía, dice: «Antes de irse al interior quédense unos meses acá, conozcan La Rioja, gente, cosa que cuando vengan del interior a la ciudad tengan donde…». Creo que era profeta ¿no? Porque sabía que podíamos tener muchos problemas.

Nos quedamos acá y nos presentó a Cáritas. Un equipo de Cáritas que era una belleza, juntos comenzamos a buscar dónde irnos. El primer momento nos mandó a que viviéramos en Anjullón, con la intención de hacer una comunidad eclesial de base, con algunos compañeros que estaban de novios, pensaban casarse, venir y formar una comunidad. Fuimos a Anjullón, nos presentamos, y el cura que estaba ahí nos corrió, nos dijo que quién era ese obispo comunista para mandarle gente ahí y que no nos aceptaba. Nos asustamos porque que un cura dijera eso nos llamó la atención.

Nos volvimos, le dijimos a él, sonrió y nos dijo: «No se hagan problema, ya vamos a arreglarlo». Junto a Cáritas empezamos a buscar y se dio el latifundio de Casalini que no tenía dueños. Era un latifundio que le había dado de comer a todo un pueblo durante mucho tiempo y en esa época tenía el 70 por ciento del agua y el 70 por ciento de la tierra. Entonces estaba una miseria y un hambre grandísimas.

Nos manda allá, nos dice: «Sáquense todos los tucos de la cabeza, pónganse la panza verde de mate visiten cada casa y vean por qué ríen, por qué lloran, por qué trabajan, por qué no trabajan, por qué comen, por qué no comen, sáquenle el alma al palo. Y una vez que se la hayan sacado, ni adelante ni atrás, junto a ellos, comiencen a caminar y a planificar y ver qué quieren hacer».

Así fue como nos fuimos allá y fue el hombre que nos acompañó permanentemente, nunca nos dejó solos. Fue descubrir toda una realidad de una provincia semifeudal, que había que luchar para transformarla, muchas veces era por la mentalidad.

Después fueron todos los acontecimientos que creo que ya se conocen, a los tres o cuatro meses de haber empezado el trabajo y a formar la gente, la cooperativa, que fuera entregada en parcelas, nos pusieron una bomba en la casa. No entendíamos qué pasaba, cuando aclaró vimos lo que había pasado, porque no nos animábamos a salir porque no teníamos ningún palo a la mano. Cuando vimos que era la bomba nos acostamos a dormir.

Al rato llama el cartero, nos levantamos y era un telegrama de monseñor que decía: «Firmes en compromiso cristiano, tienen todo apoyo personal y diocesano». Dijimos, ¿cómo se enteró? El corresponsal del diario El Independiente (…) mandó la noticia y salió en la primera página: «Bomba en la sede del Movimiento Rural».

Fuimos a poner la denuncia y nos metieron presos a nosotros. Ahí fue cuando él se movió mucho y buscó a Ricardo Mercado Luna, lograron ubicarnos y nos sacaron enseguida. Podría contarle ocho años de historias parecidas.

– ¿Cómo era Wenceslao Pedernera, qué recuerdos tiene?

Wenceslao fue conocerlo en Mendoza. No estaba acá. Lo conocimos como obrero de la firma Gargantini y cuando yo fui nombrado para estar a tiempo completo en el Movimiento Rural, que renuncié a mi trabajo, dejé los estudios y todo, empecé a visitar los grupos hasta que llegué a Gargantini y ahí conocí su casa.

Y conocí a un hombre bueno. Un hombre muy laburador, tenía tercer grado, un muchacho joven, casado, en ese momento tenía dos hijas. Y fue abrirnos su casa y cuando se nos hacía la noche sacaba una camita a un comedor que tenía y ahí dormíamos. Fue abrir las puertas de su casa y analizar la realidad que ellos vivían en la finca, el salario que tenían, el de sus compañeros obreros, él nos comenta que había sido nombrado delegado del sindicato, cosa que nos alegró mucho. Estábamos en eso y sale la venida nuestra acá.

Cuando el trabajo de acá fue creciendo porque, a partir de Codetral crecen los sindicatos, en San Andrés de los Sauces, en Famatina con los religiosos y religiosas que estaban en cada zona, con los mineros, nosotros nos encargábamos de ir capacitando cuadros para que fueran acompañando todas estas organizaciones. Ahí es cuando se da el problema de Aminga y Anillaco, que lo corrían al obispo, nos destruyen la casa a nosotros y a las hermanas de La Asunción. Él vino acá, vio todo aquello y dijo: «Quiero contar con ustedes, me vengo».

Conseguimos un terreno a partir de Cáritas, con las hermanas de La Asunción y unos ahorritos que teníamos. Una tierra con riego por aspersión, con la intención de formar una cooperativa y que todos los compañeros que fueran despidiendo tuvieran donde trabajar y demostrar lo que era una cooperativa, que no era ni el marxismo, ni el comunismo, ni que un obispo rojo nos manejaba y nos íbamos a quedar con la tierra. Sino era como ponerse de pies y resolver los problemas que se planteaban.

Conseguimos en Chamical un terreno para formar la cooperativa y él se viene con nosotros. Estuvo un tiempo en Anguinan hasta que conseguimos el terreno con la casita y nos fuimos todos a vivir allí. Ya había nacido en Mendoza la otra hija de la cual fui padrino, Estelita, y vivimos un tiempo todos juntos y en un momento determinado nos fuimos a un curso y cuando vinimos se habían ido a Sañogasta. El cura le había ofrecido una tierra y una casita, Coca parece que era la que estaba muy cansada -con razón- porque las niñas iban a la escuela a 18 kilómetros, había que levantarse temprano y llevarlas a Nonogasta.

En Sañogasta él forma la cooperativa, el obispo va en un momento y ve que nos estaban siguiendo los servicios y nos dice que no nos vengamos a La Rioja. No queríamos de ninguna manera, pero terminamos acá y él quedó en Sañogasta. Con esa tierra que le dieron formó una cooperativa donde era el presidente.

Wenceslao era ese. Un hombre que amaba a su mujer, a sus hijas, se descubría que no era el centro del mundo sino que tenía un mundo rodeado de gente y compañeros que sufrían y estaban como ellos. Y había que ayudarse, junto a ellos, ponerse al lado, de pies y tratar de salir de esa situación.

-¿Sabía de la posibilidad de que lo maten?

En Sañogasta ya lo estuvieron rodeando días anteriores. Lo insultaban por la calle cuando pasaban por la casa, un montón de gestos que veían que la cuestión venía fea. Habíamos sido secuestrados en Mendoza con otros compañeros y en ese secuestro, al principio creíamos que se habían equivocado pero después nos dimos cuenta que nos buscaban a nosotros. Inclusive nos tuvieron en un momento en un auto en el Dique Carrizal para tirarnos con un balde de cemento. En los interrogatorios nos dijeron: «No los detenemos más, los vamos a entregar porque no nos queda otra». Y el obispo, aunque no estaba de acuerdo con la metodología y el trabajo nuestro, tuvo miedo que Angelelli se le fuera a meter en su diócesis y desde allí le dijo: «Yo te los saco». (…) Cuando nos largan, nos dicen: «Donde los encontremos los vamos a acribillar a balazos, va a ser fácil decir que fue un enfrentamiento armado y todo el mundo se lo va a creer, y avisenlé a Angelelli, que es tan amigo de ustedes, que también cae». Esos eran los antecedentes del mes de febrero, antes del golpe militar.

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