Vida, Martirio y Beatificación

Los trabajadores de la Sala de Memoria «Nuestros mártires» de Chamical relatan la historia de los cuatro mártires de Chamical, luego beatificados, entre los que se encuentra el Obispo Enrique Angelelli de quien ayer, 4 de agosto, se cumplieron 43 años de su asesinato.

El miércoles 4 de agosto de 1976, después de un cálido almuerzo con amigos en Chamical, Enrique Angelelli decide emprender su rutinario viaje a la Ciudad de La Rioja acompañado del entonces sacerdote Arturo Pinto. El pelado había estado visitando el pueblo llanista por unos días porque se encontraba recabando información sobre el asesinato de los curas Carlos y Gabriel. Además, lo había sorprendido el homicidio del cooperativista rural Wenceslao y lo había agregado a su carpeta de datos relacionándolo con los primeros hechos. El Estado de violencia que se vive lo obliga salir por la ruta vieja, un camino paralelo al que pasa por frente de la Base de la Fuerza Aérea (Ruta Nacional n° 38) para evitar ser visto por algún militar. Dicho acto de precaución es en vano porque, pasando Punta de Los Llanos, un vehículo de color claro que los estaba siguiendo lo intercepta, convirtiéndose en responsable de que la camioneta diera varios vuelcos dejando tendido sobre el asfalto el cuerpo sin vida del Prelado e inconsciente al sacerdote. Sin embargo, las fuerzas de seguridad que habían tomado el poder el 24 de marzo del mismo año, acomodaron los hechos para que se difundiera la falsa noticia de que se trataba de un accidente de tránsito. Esta información se implantó, en gran medida, porque los medios de comunicación y los sectores más poderosos la sostenían con fuerza.

Diecisiete días antes, el 18 de julio, comienza la violencia más explícita que se había vivido hasta el momento. Terminada la misa dominical celebrada en la Parroquia “El Salvador”, los religiosos cenan en la casa de las Hermanas Josefinas que se ubicaba detrás de la capilla. Allí, mientras se encuentran realizando la sobremesa, golpean la puerta dos hombres que se identificaron como miembros de la Policía Federal mientras otros dos aguardan en el auto. Estos “policías” les dicen a los curas que los necesitan en la Ciudad de La Rioja para tomarles una declaración por algunos presos que habían sido llevados desde Chamical. Entre esos presos, ellos sabían que se encontraba su Intendente Luis Alberto “Chacho” Corzo y el sacerdote del pueblo vecino de Olta, Eduardo Ruiz. Esta no era la primera vez que a Gabriel y a Carlos los citan las fuerzas de seguridad. En otras oportunidades, habían sido citados a la Comisaría 1° y al CELPA (Centro de Experimentación y Lanzamiento de Proyectiles Autopropulsado) donde habían sido interrogados, incluso, por más de 12 horas. Esta manera de operar, preparó el terreno para que los sacerdotes no tomen mayores recaudos al aceptar ir con ellos. Así es como se dirigen a la Casa Parroquial para retirar algo de ropa que les iba a permitir quedarse en la Ciudad por unos días y participar de una reunión diocesana. Mientras preparan todo y se despiden de la gente cercana, se lleva a cabo la tradicional función del “Cine Apolo”. Testigos aseguran que uno de los cuatro hombres insistió violentamente en que dejaran entrar gratis a los jóvenes que se encontraban en la vereda porque no habían pagado la entrada al cine. De esta manera, se aseguran liberar la zona para que nadie pueda verlos. Pasadas las 21:30, después de despedirse de las Hermanas y de decirles que ante cualquier problema se comunicaran con el Obispo, los sacerdotes suben al vehículo que los estaba esperando. Pero contrario a lo pactado, el auto cambia de rumbo, dirigiéndose por la ruta 38 en dirección opuesta a la Ciudad de La Rioja. Una vez en camino, sus captores los maniatan para que, al bajar del auto, solo reste moverlos a los empujones y acabar con sus vidas disparando contra sus cuerpos. El ensañamiento mayor estuvo con Fray Carlos a quien le apuntaron al rostro y le dispararon con un arma de mayor calibre, dejándolo irreconocible. Su búsqueda dura dos días y sus cuerpos son encontrados por obreros ferroviarios el 20 de julio.

Cinco días después del hallazgo de los cuerpos de los sacerdotes y de que la noticia haya recorrido toda la provincia y parte del país, se ensañan con Wenceslao. Es la madrugada del domingo 25, aproximadamente a las 3:00 de la mañana, cuando un grupo de hombres golpea la puerta de la casa de la familia Pedernera. Al padre de la familia nunca le pareció un impedimento la hora para atender a la gente que lo necesitara. Es por esto que abre las puertas, confiado, y se topa con cuatro hombres que, sin mediar palabras, le disparan varias veces dejándolo tendido en el piso, frente a su esposa Ramona “Coca” Cornejo y sus tres hijas. La fortaleza de Pedernera fue tal que su cuerpo aguantó doce horas y, antes de morir, le pidió a su esposa que se vayan del lugar y que perdone a los sicarios. Una clara muestra, no solo de la bondad de Wence, sino también del alma protectora que siempre tuvo con su familia.

La sociedad riojana tuvo que esperar 36 años para obtener una primera respuesta de la justicia sobre los crímenes cometidos en aquel invierno del ’76. El 7 de diciembre de 2012, el Tribunal Oral Federal de La Rioja sentenciaba a prisión perpetua al Jefe del III Cuerpo del Ejército Luciano Benjamín Menéndez, al Vicecomodoro de la Base de la Fuerza Aérea Luis Fernando Estrella y al Jefe Policial de Chamical Domingo Benito Vera al encontrarlos autores mediatos por los asesinatos de Longueville y Murias. Posteriormente, en una casusa residual, recibía la misma pena el Alférez de la Base Aérea Ángel Ricardo Pezzetta, quien había realizado tareas de inteligencia y espionaje a los sacerdotes infiltrándose en los Grupos Juveniles de la época. Dos de éstos, Menéndez y Estrella, luego de innumerables avances y retrocesos en la causa (donde la investigación judicial se encontraba con la resistencia de sectores de poder que sostenían la versión oficial sobre una muerte accidental), fueron finalmente condenados también por el homicidio de Angelelli.

¿Quiénes eran los Mártires Riojanos? 

Enrique Angelelli

El compromiso social de Enrique tiene sus raíces en sus primeros años como Vicario Cooperador de Parroquia San José de Barrio Alto Alberdi, en Córdoba. Allí, además de atender a los enfermos del Hospital Clínicas, asume la responsabilidad de ser “Prosecretario de la Curia Arzobispal”. Por el mismo tiempo, su relación con el cura europeo José Cardjin (fundador de la Juventud Obrera Católica, JOC), le permite canalizar su temprana opción por los pobres y asume como Secretario de la mencionada institución, cuya sede se encuentra en la Capilla Cristo Obrero. Desde este rol, tiene activa participación en la redacción de notas para la Revista “Notas Pastoral Jocista”, donde deja registrados sus primeros escritos. El diagnostico que realiza a partir del acercamiento a los obreros y a los jóvenes, lo acerca aún más a la gente y lo posiciona como un protector de las personas que eran perseguidas políticamente.

En diciembre de 1960 asume al cargo de Obispo Titular de Listra y Auxiliar de la Arquidiócesis de Córdoba. Desde esta función tiene una destacada participación en los diversos conflictos gremiales de los trabajadores mecánicos y municipales. Resalta su accionar al contradecirse con la presencia episcopal que venía manejando la Arquidiócesis de la época.

Angelelli logra un acercamiento enorme con las personas que lo rodean y esto le permite conocer de cerca las necesidades reales del pueblo. Ellos lo ven como un amigo más y su “chispa” cordobesa lo hace aún más carismático en sus encuentros y charlas con los vecinos. Siempre está entre sus prioridades ser, en sus prédicas y pronunciamientos, el vocero de todos aquellos que viven situaciones de dolor y miseria producto de las injusticias sociales. A esto lo demostrara en varias oportunidades como, por ejemplo, mientras bendecía unas viviendas para los obreros de las canteras de cal de Malagueño resalta el valor del compromiso con “el Cristo sufriente encarnado en los obreros” y prefiere sentarse a almorzar en la mesa con ellos y no con sus patrones, como acostumbraba la jerarquía eclesiástica.

El pelado se pone al hombro el trabajo de impulsar la renovación conciliar en Córdoba y acompaña a los sacerdotes en ese empeño, mediando en el conflicto con el Arzobispo Castellano, lo que le trajo aparejado la difamación del tradicionalismo y otros grupos como “Tradición, Familia y Propiedad”. Sin embargo, cuando llega a La Rioja, en julio del ’68, llega cargado de prestigio por ser considerado una de las figuras eclesiásticas de mayor gravitación en los medios obreros y gremiales de todo el país.

Se anuncia como “un obispo de tierra adentro”, dispuesto a ser el obispo de todo el pueblo, de creyentes y no creyentes, de católicos y no católicos. Angelelli llega colmado de empatía por un pueblo ultrajado por las injusticias y las desigualdades. Se enamora rápidamente del pueblo riojano y carga enormes anhelos de conocer a fondo la cultura, la idiosincrasia, los sueños, las alegrías y los olores de esta provincia del norte. Él no busca condecoraciones ni tratos distinguidos, en efecto, los rechaza. Viene a ser uno más de nosotros. Viene a ser un riojano más. Así es como el 24 de agosto de 1968 asume como Obispo Titular de la Diócesis de La Rioja sintetizando su misión en el Escudo Episcopal “Justicia y Paz”.

En su trabajo Pastoral en la Diócesis de La Rioja se ve marcado a fuego el sello del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII con la finalidad proclamada de renovar y actualizar el accionar de la Iglesia Católica atendiendo las realidades que vivía el mundo en pleno siglo XX. Aquel concilio ecuménico representaría un antes y un después, principalmente para los prelados de Latinoamérica, que, en un contexto de pobreza extrema, una explotación laboral cada vez más evidente y altos índices de analfabetismo encontrarían en él la orientación necesaria para recuperar el camino y caminar a la par de las necesidades del pueblo.

Las acciones de Angelelli van desde sentarse a tomar mates con una vecina del lugar más remoto de la ruralidad riojana, hasta promover la formación de cooperativas de campesinos y alentar la organización sindical de los peones rurales, los mineros y empleadas domésticas, con la participación de los cuatro decanatos en que se organizó la diócesis.

Gabriel Longueville

A su propuesta de pastoral, se le van a ir sumando misioneros. Tal es el caso del sacerdote francés Gabriel Longueville quien, después de haber realizado su formación sacerdotal en Francia, solicita al Comité Episcopal Francia-América Latina (CEFAL) ser misionero fidei donum. Esto lo lleva a México en 1969 donde aprovecha la oportunidad para mejorar su nivel de español.

Luego de pasar un tiempo en el país hermano, llega a la Argentina, estableciéndose más específicamente en la provincia de Corrientes, bajo el obispado de Mons. Vicentín, gran defensor de las ideas conservadoras del momento. Gabriel, al pisar suelo correntino, se sorprende de la enorme brecha social y de la gran desigualdad que existía.     A partir de esta realidad, toma la decisión de aprender albañilería y ejercer ese oficio. Longueville recuerda a modo de anécdota graciosa cómo, en una oportunidad mientras se encontraban construyendo y pasaba una procesión por delante de ellos, los obreros lo cargaban diciéndole “nunca un santo ha sido visto desde tan arriba por un cura trabajando”. Este tipo de situaciones lo enfrenta cada vez más a Vincentín, aunque no sólo a él sino a los curas que trabajan el Evangelio de esta manera. Estas diferencias llegan a tal punto que el Obispo decide excomulgar a uno de los sacerdotes y correr a otros más.

En esta encrucijada, el francés opta por seguir en contacto con los curas que habían sido etiquetados de “revoltosos” enfureciendo más a su Obispo que, sin titubear, le pide que se vaya de la Diócesis, decisión que, de todos modos, Gabriel ya había tomado. Por esta razón  decide buscar un nuevo Obispo que no censure sus prédicas y que entienda el Evangelio como una opción para mejorar la vida de los más empobrecidos.

En el 70, ante el conflicto y la inminente expulsión, Longueville encuentra su lugar en la pastoral de un Obispo que había mamado todo del Concilio Vaticano II y que, no solo tiene un buen decir en sus homilías, sino que también plasma esas reflexiones en su quehacer diario. Este obispo es Enrique Angelelli. Gabriel, llega a La Rioja en 1971 y es designado Vicario Cooperador en la Parroquia “El Salvador” de Chamical, para después ser elegido Párroco de la misma.

Este Presbítero había tenido muchas experiencias con situaciones de extrema pobreza en el continente europeo: guerras y dictaduras que imponían mediante la violencia su modelo opresivo. Eso lo impulsa a que su sacerdocio sea siempre en beneficio de los más postergados por la sociedad. En La Rioja, con la pastoral del pelado y, en Chamical, con las características de la gente, encuentra el lugar para hacerlo.

El trabajo de Gabriel, además de estar en las zonas rurales, al lado de las empleadas domésticas y de los trabajadores mineros que sufren una gran explotación, también se encuentra en los jóvenes. Su innato talento para las artes (pintura, tallado en madera y música) lo acerca a ellos, con quienes mantiene un estrecho vínculo y les enseña oficios para que tengan una salida laboral.

Carlos de Dios Murias

Longueville no emprende esta misión en soledad, sino que se le suma un cura joven oriundo de Córdoba que había cursado el seminario en la Orden Menor de los Frailes Franciscanos Conventuales y, después de ser ordenado sacerdote por el Obispo Angelelli en 1972, llega a José León Suarez. En esta localidad de Buenos Aires tiene contacto con una zona de extrema pobreza y comienza a trabajar en conjunto con la gente de las villas. Su trabajo estará siempre destinado a mejorar la situación desfavorable que viven las personas de la villa que se encuentra detrás de la Parroquia en la que oficiaba de párroco.

Estamos hablando de Carlos de Dios Murias. Es él quien acompañará la tarea de Longueville. De hecho, se transforman en un gran equipo que busca lo mismo: la dignidad de la persona a través del evangelio y de las acciones sociales.

Carlos se institucionaliza como Vicario Cooperador de la Parroquia “El Salvador” en mayo de 1976, aunque años antes había proyectado la presencia de los Frailes Franciscanos conventuales en la diócesis de La Rioja con la finalidad de ser parte de la pastoral del Obispo del Pueblo que estaba generando cambios estructurales y sociales desde una Iglesia servidora y pobre, con las puertas abiertas y los oídos atentos a las necesidades de los ciudadanos.

Murias es joven y eso lo impulsa con más energías a trabajar con las personas que se ve oprimidas por un sistema de desigualdades. Convencido de que la justicia es la base de todo accionar humano, dice a sus compañeros del Seminario en la Pascua del ‘76 “que nuestras vidas sean un mensaje de paz, de fe, de esperanza, de perdón, de amor y de alegría, como dicen ustedes; a lo que yo agregaría que sean también un llamado se justicia, ya que, sin ésta, lo otro está de más”. Y a esto lo confirma observando la realidad de una provincia con más injusticias que alegrías. Donde los patrones no pagan lo que les corresponde a sus obreros, haciéndolos trabajar más horas de las debidas, quitándoles los días libres y alejándolos por semanas enteras de sus familias.

Tanto Gabriel como Carlos se convierten en fieles servidores de la Iglesia que propone el Obispo Angelelli, con una clara opción preferencial por los pobres. Esto, lógicamente, no es algo que contentara a las altas esferas del poder político y a las clases sociales dominantes, quienes vienen acostumbrados a una “Iglesia para ricos”, donde ellos son los protagonistas de la escena y siempre encuentran el consuelo y la complicidad para sus actos. Así es como, por sus prédicas y acciones desde momentos muy tempranos, se transforman en sujetos perseguidos y hostigados con el objetivo claro de amedrentarlos para que abandonen las intenciones de promover ideas que tenían que ver con la justicia, la igualdad, la dignidad y los derechos humanos.

Wenceslao Pedernera

Carlos, Gabriel y Enrique no son los únicos que sufren este tipo de violencia. Dentro de la pastoral, además de los religiosos con algún tipo de jerarquía, hay decenas de laicos/as comprometidos/as con las causas sociales que impulsaba el obispo. Así, se puede mencionar a Rafale Sifre, Carlos Di Marco, docentes rurales pertenecientes al Movimiento Rural Diocesano, hacheros y, más puntualmente, el trabajador rural cooperativista Wenceslao Pedernera.

Pedernera llega a La Rioja un tiempo después que Longueville y antes que Murias, en el año 1973. Oriundo de San Luis, llega casado y con tres hijas, dispuesto a aprender sobre las tareas de beneficencia que el obispo proponía transformar en políticas sociales para la dignidad humana.

Wenceslao no había sido un católico practicante, pero luego de conocer a su esposa Ramona Cornejo comienza a acercarse más a la Iglesia y, por supuesto, la que más atrae su atención es la que propone Angelelli. Se familiariza con esta forma de mirar y practicar el Evangelio en una capacitación diocesana que realiza en la Ciudad de La Rioja.

Wence, como le decía la gente cariñosamente, se compromete hasta los huesos con la pastoral del pelado. Su lucha por el cooperativismo lo convirtió en un referente social importante y en una persona que siempre estaba al servicio de los demás. Y es que, para esta mirada, el trabajo cooperativo es el modo que más se acerca a la manera de trabajar que propone Jesús en sus palabras: esfuerzo y beneficios colectivos.

Pedernera sabe escuchar la voz profética de Angelelli en defensa de los más débiles cuando dijo: “La tierra es para todos; el agua es para todos, el pan es para todos”. Desde el Movimiento Rural Diocesano comienza a gestarse la propuesta de la cooperativa CODETRAL, reclamando la expropiación del latifundio Azzalini. Esto se convierte en uno de los focos de atención de los grandes empresarios de la zona ya que “pone en peligro” sus privilegios e intereses. Tal es así que la denominaron “célula terrorista” para desprestigiar la pelea legal por el espacio.

Violencia y persecución

Para este momento, las difamaciones y los hechos violentos se intensifican. Las denuncias que hace Angelelli, su compromiso inagotable (junto con el de toda su pastoral), las acciones bien direccionadas que llevaba a cabo para sacar a la Iglesia del lugar donde la habían colocado y acercarla a la gente más humilde, toda su prédica molesta. Y las respuestas comienzan a notarse más. Desde publicaciones en el Diario “El Sol” donde se le dice “Satanelli” hasta la agresión que sufre en la localidad costeña de Anillaco, donde los terratenientes, sectores del poder y la iglesia conservadora lo corren con piedras no permitiéndole que brinde la misa.

Ante estas calumnias, el Obispo solicita la presencia de un veedor papal y el Papa Pablo VI envía al arzobispo Vicente Zazpe quien lo confirma en su fidelidad al Evangelio y lo alienta en su servicio a los más pobres. Producto de esa agresión, sus allegados instan a Angelelli a pedir la excomunión de los agresores, puesto que violentar a un Obispo es considerada una grave falta a la Iglesia Católica. Pero, lejos de eso, el carácter conciliador del obispo lo lleva a solicitar un “entredicho” (condición que solo quita algunos beneficios de la Iglesia) para un grupo de 13 personas.

La persecución a la iglesia riojana, con complicidad de cientos de civiles y de parte de la jerarquía de la iglesia argentina, se intensifica luego de instaurada la Dictadura Militar en marzo de 1976. Esto se ve reflejado en el hostigamiento y las detenciones a sacerdotes, religiosas y laicos, y hasta en torturas. El ensañamiento es tal que los sacerdotes son espiados en las misas que celebran para tomar registro de lo que sus homilías profesan. Con esos datos, luego son citados a la Base de la Fuerza Aérea y a la Comisaría 1° para realizarles extensos interrogatorios y amenazar sus prácticas.

En mayo de ese año, los militares toman la determinación de suspender la Misa Radial que el Obispo difunde cada domingo y que tiene gran audiencia en La Rioja. El lugar de Angelelli es ocupado, irónicamente, por un sacerdote Capellán Castrense. Pero los enemigos no son solo internos. También la derecha católica avala y aplaude la arremetida contra el obispo.

Tanto Angelelli, como sus amigos, conocen la situación a la que se enfrentan y, aunque el miedo no está ausente, deciden anteponer a su pueblo y sostener que no hay mejor manera de hacer carne la Palabra que otorgando a las personas la tan anhelada dignidad.

Antes de los asesinatos de los sacerdotes de Chamical, amigos del Obispo le aconsejan alejarse de La Rioja y proteger su vida, pero él entiende que eso es, justamente, lo que los poderosos quieren: sacarlo de la escena para continuar oprimiendo sin piedad a los más desprotegidos. Sabe que el principal objetivo de las fuerzas de seguridad es él porque, de hecho, había recibido amenazas explícitas de la Triple A y del propio Menéndez.

Esto motiva que, después de los tres homicidios (de Longueville, Murias y Pedernera) ante su gente más cercana, grafique la situación como un espiral y se coloque en el centro para marcar que los hechos anteriores finalizaban con su muerte. Pero, entendiendo que al proyecto que atacan es al suyo, que las revoluciones internas en la Iglesia las había movido él, decide continuar porque “un Pastor jamás abandona a sus ovejas”. Se queda, aunque sí comunica a su Nuncio Apostólico Pío Laghi todas las amenazas y las situaciones violentas que padecen por su oficio y su defensa de los derechos del pueblo.

Ninguna advertencia sirve porque se llevan puesta la vida de dos curas, acribillan a un obrero rural y a Angelelli lo asesinan cobardemente, dejando huérfano de Obispo a todo el pueblo de La Rioja.

Las secuelas

Después de los cuatro hechos de violencia, la sociedad riojana quedó consternada e invadida por el miedo. ¿Qué eran capaces de hacer con los demás, si habían matado al Obispo? ¿Hasta dónde eran capaces de llegar si se ensañaron con dos curas y un obrero campesino? Y así siguieron hechos de tortura y desapariciones a muchas personas que estaban en el camino del Pelado. Que, de alguna manera, seguían trabajando y manteniendo su legado. La Rioja tiene, en proporción a su población, uno de los números más alto de desaparecidos en la última dictadura militar. Docentes rurales, campesinos, cooperativistas, laicos que trabajaban en los barrios más pobres, etc. Todos fueron víctimas del terror y de la violencia ejercida por los militares.

Sin embargo, aunque todos sabían que al pelado lo habían asesinado como habían hecho con Carlos, Gabriel y Wenceslao, la versión de la “muerte por accidente” fue muy fuerte y se impuso en la mayoría de los sectores de poder. Incluso, el propio presidente de la Conferencia Episcopal Raúl Primatesta recomendando “ser prudentes como las serpientes”, sostuvo esta versión y solicitó a sus propios curas no hablar de asesinato hasta que no exista tal certeza.

Esto, sumado a las leyes que llegada la Democracia se firmaron como una suerte de “pacto de paz” con los militares, lograron la casi total impunidad durante décadas. Recién en 1987 el juez Aldo Morales tomó la decisión de modificar la carátula de la causa y colocarla como “homicidio y tentativa de homicidio (al sacerdote Pinto)” lo cual significó un rotundo avance en el esclarecimiento del homicidio del Obispo.

La movilización popular de organizaciones de Derechos Humanos y las nuevas políticas respecto al Terrorismo de Estado, lograron que, después de 36 años de silencio e impunidad, se conociera la verdad sobre los asesinatos de los asesinatos de Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville. La causa de Pedernera sigue esperando que su juicio inicie.

 

La decisión de beatificarlos

Las sentencias fueron la base de la beatificación ya que sentaron los argumentos necesarios para entender que no se trataba de hechos aislados ni arbitrarios, sino que existió (además de un plan sistemático que buscaba aterrorizar) una persecución y el claro intento de acabar con un proyecto específico de Iglesia. A partir de esto, a diócesis de La Rioja decide iniciar en 2010 una investigación canónica sobre las muertes Wenceslao, Gabriel y Carlos con miras a una declaración de martirio. En 2015 esa investigación es enviada al Vaticano y, en 2016, se incorpora la investigación sobre la muerte de Angelelli (luego de la sentencia judicial). El 8 de junio de 2018 el Vaticano publica un Decreto Papal donde anuncia el reconocimiento del “martirio in odium fidei” (en odio a la fe) de los cuatro Mártires Riojanos.

El pueblo riojano entendió que esto se trataba de un reconocimiento al trabajo incansable, al compromiso constante, a la entrega sin límites pero, sobre todo, a la interpretación que ellos hicieron del Evangelio y del lugar que ocupó la Iglesia en la sociedad riojana. De la comprensión sobre el poder con el que se pueden mover estructuras o dejarlas como están, de las nuevas formas de construir que se pueden propiciar o que se pueden rechazar.

No es casual que quienes entendieron la Palabra y la llevaron a la acción sin incoherencias ni demagogias, sean hoy considerados verdaderos estandartes de la lucha por los Derechos Humanos. Es un mensaje para todas y todos los que, a diario, se ponen al hombro la misión de cambiar la realidad de quienes más sufren en estas épocas de turbulencia.

Iglesia en Estado de Beatificación

Una vez fijada la fecha de la Misa se Beatificación, la Iglesia comienza a preparar la fiesta de la “Pascua Riojana”. Convoca a todos los fieles para preparar en comunidad el gran evento. Los ojos del mundo estarían puestos en estas cálidas tierras.

Previo al acto puntual de la Beatificación, se realizaron tres vigilias. Las mismas se concretaron en los lugares donde los mártires realizaban su trabajo pastoral con la gente. Así fue como el 24 de abril se realizó en Chamical, el 25 en Sañogasta y el 26 en La Rioja capital. En cada una, además de la misa, se contempló una velada cultural que deleitó a los visitantes extranjeros y locales con el arte de nuestra cultura y las energías de los más jóvenes.

Ya el 27 de abril, en el Parque de la Ciudad, tuvimos la oportunidad de vivenciar un hecho histórico rodeado de miles de personas que viajaron desde diferentes puntos del país e incluso, del mundo, para ser parte de la ceremonia. Este momento fue presidido por un enviado Papal: el prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos Giovanni Angelo Becciu. Además, también acompañaron el Nuncio Apostólico León Kalenga Badikele;  representantes de la Diócesis de Viviers Francia, el Arzobispo de Mendoza, Marcelo Colombo; el Obispo de La Rioja, Dante Braida; más de 60 Arzobispos, Obispos y Obispos Auxiliares y más de 200 sacerdotes de todo el país.

El rito de la beatificación dio inicio con la solicitud de Mons. Braida quien, en nombre de la Diócesis local, pidió al Santo Papa la inscripción como beatos a los siervos de Dios. Luego se dio lectura a la reseña biográfica de los mártires. También se leyó la carta Apostólica enviada por el Papa Francisco antes de descubrir las imágenes de los ahora Beatos. Más tarde, en procesión llegaron, traídas por sus familiares, las reliquias que fueron colocadas en el altar.

El Cardenal Beccio fue el encargado de expresar la Homilía, en la cual destacó la vida caritativa de los Beatos y sostuvo que son ejemplo de vida cristiana diciendo que “han mantenido viva su fe, dispuestos siempre a abrazar la Cruz; viviendo y muriendo por amor a su pueblo, a los valores morales y espirituales”. Finalizada la ceremonia religiosa los fieles y devotos se levantaron a viva voz para aplaudir y alabar a beatos.

Tras el acto de Beatificación, se realizaron las correspondientes misas en agradecimiento. Estas misas se realizaron en las localidades en las que los Beatos fueron martirizados. Así, una fue en Sañogasta por la tarde del mismo sábado, la siguiente fue en Punta de los Llanos el domingo en la mañana y la última, el domingo por la tarde en la Parroquia “El Salvador” de Chamical. En las tres ocasiones se realizó, luego de la misa, una velada artística.

Fuente: Trabajadores de la Sala de la Memoria «Nuestros Mártires» de Chamical  
https://revistaharoldo.com.ar/nota.php?id=392

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